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  Libros / Literatura
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Rafael Acevedo

Guaya Guaya, el mas reciente libro de Rafael Acevedo y Editorial La Secta de los Perros.

Por Ana Teresa Toro / ana.toro@elnuevodia.com

El reguetón murió. O cuanto menos agoniza. Al menos si el barómetro es la literatura es momento de reconocer que ha llegado la era de la decadencia del guayoteo.

Ya es prácticamente un entendido que la literatura suele demorar un tanto más que otras expresiones artísticas -como la música, el cine o el teatro- en abordar y desentrañar periodos históricos y movimientos socioculturales. Por ello, la aparición de una novela que explora el mundo del reguetón -tanto en su estructura de rima a veces juguetona y accidental y otras premeditada y mañosa, como en su historia, que narra el robo a un banco a manos de un grupo de personas que se van narrando a sí mismos casi como una canción de reguetón-, pareciera ser una señal de que si ya el fenómeno musical de carácter mundial llegó a la literatura es porque irremediablemente su rol protagónico en el escenario musical isleño se ha transformado en otra cosa.

Las emisoras de reguetón han ido desapareciendo, los reguetoneros de siempre ahora fusionan sus rimas con ritmos como tecno o música electrónica, con cumbia, salsa y otros sonidos caribeños, además de vestirse de entallada chaqueta y corbata de moda. Atrás quedaron los pantalones gigantones y las gorras de medio lado, al menos en lo que a los intérpretes se refiere, porque en la calle todavía se juega a la alcancía cada vez que un pantalón revela lo que ha de cubrir.

Entonces no se trata del último tra, pero sí de un momento en el que la literatura responde con una novela que sin dejar de ser una historia, nos permite sumergirnos en el universo del mundo donde se guaya mucho más que la ya discreta hebilla del imaginario salsero.

La novela apareció en una pequeña pila de libritos tamaño cedé al lado de la caja registradora en una librería riopedrense. Leí Guaya, guaya (La secta de los perros, 2012) en letras naranjas, casi del mismo color del nalgarotio montado en motora que completa la ilustración y nos recuerda que esta Isla es la cuna de Iris Chacón. Varios clientes la recomendaron bien. En Facebook, su autor, el escritor Rafael Acevedo, decía más en serio que en broma: “El aunto es que Guaya, guaya (novela reggaeton) tiene lo que a ti te gusta. Llegaron un millón de copias obligás a Librería La Tertulia y a Librería Mágica, y ya está Guy Ritchie pidiendo los derechos pa’ la película. Hasta abajo”.

Así, por lo bajo -como empezó el reguetón cuando era el underground de Playero veintipico y Daddy Yankee no se aliaba a refrescos que dejan la boca fresca y más bien la tenía sucia-, comenzó a moverse esta novela hace poco más de dos meses.

“Quizás el género no es como antes, pero la cultura que rodea al género es la cultura dominante. Para mí la cultura del narcotráfico todavía suena a reguetón y es la cultura dominante”, opina el escritor.

Títeres con educación

Le pedimos a su autor encontrarnos en el área de comidas del Cantón Mall, uno de los lugares a los que llega uno de sus personajes proveniente de Río Piedras. Acevedo hizo el mismo recorrido un viernes en la mañana, cuando antes de las diez allí se come pollo frito y otras cosas que también se fríen.

Llegó vestido de negro, mochila de profesor y aseguró que la última vez que visitó ese lugar Carlos Romero Barceló era gobernador. Entonces dijo mai y pai un par de veces con tanta naturalidad que hubo que creerle. Después de todo, para este autor y profesor universitario el mundo de los intelectuales y del reguetón no son cosas apartes, son más bien pedazos que se cruzan en la misma red.

Eso se nota en la novela, sobre todo en el narrador.

“Es un malcriao, no es que sea arrogante, pero sabe par de cosas y se burla, es un charlatán. Aunque lo que pasa es que soy de otra época y la gente más o menos de mi edad tiene esta idea de que lo peor (dicho irónicamente) que hizo el proceso de modernización de Puerto Rico bajo (Luis) Muñoz Marín fue darle educación a los títeres. Un títere con educación le saca punta a cualquier cosa, se disfruta las cosas de otra manera”, dice Acevedo luego de una sesión de fotos que más que incomodarlo lo dejó de hombros trincos por un buen rato.

“Puedes escuchar una ópera y puedes burlarte y disfrutarla a la vez, y eso solo es posible si no te has criado en esa cultura. El producto de la operación Manos a la Obra es un montón de títeres con cultura, con acceso a la educación. Obviamente eso ha cambiado ahora porque el acceso a la educación pública ya no es tan fácil como antes”. Lo dice y afirma con certeza que es algo absolutamente positivo, porque es decirle a cualquier persona que todo el capital cultural es suyo, que haga lo que quiera con él.

“En una cultura elitista eso no pasa, porque hay cosas que son para cierta gente, que la literatura y la música clásica son cosa de blanquitos”, apunta toda vez que le preocupa que tanto desde los medios de comunicación pasando por los códigos culturales que estos imponen, e incluso por la clase política, se busca identificar grupos con determinados productos culturales como el reguetón. “¿En qué medida el reguetón no es un modo de identificar a una comunidad, pero a la misma vez es una imposición? Eso no tiene que ser así. No sé en qué sentido, aunque parece liberador, porque es un vacilón pero no es liberador. Es como si el super ego, el padre te ordenara gozar, joder, el vacilón. Eso casi una orden y si no quieres hacer eso te jodiste”, reflexiona no sin antes darse cuenta de que se ha metido en aguas profundas. Pero como todo lo habla con el mismo tumbao, nadie se da cuenta.

 


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